Published On:domingo, 9 de abril de 2017
Publicado por Redacción
De los surcos a la ciudad
Por Kau Sirenio
[Primera de dos partes]

La caravana de San Quintín. Solidaridad. [Foto: Kau Sirenio]

Cuando los jornaleros decidieron dejar los surcos para
trasladar su demanda a la Ciudad de México lo hicieron en un camión al que con
el paso de los días bautizaron con el nombre de Dinosaurio. En él viajaron
adolescentes y adultos a los que las horas y los días convirtieron en una
familia apretujada dentro de la lata rodante que recorrió más tres mil
kilómetros.
Al día siguiente de la salida del Valle de San Quintín,
nos encontramos en Tijuana, a un costado de la glorieta del último guerrero
mexica, Cuauhtémoc. Allí, el secretario general del Sindicato Independiente
Nacional Democrático de Jornaleros Agrícolas (SINDJA), Lorenzo Rodríguez
Jiménez, me confió que iban a la Ciudad de México por un «salario justo y una
vida digna».
Hacia las 10:30 de la mañana, él me avisó que viajaríamos
en el camión 71, antes iniciar con la marcha hacia la garita El Chaparral. Ese
día aun no conocía a quienes serían los acompañantes de la aventura que duró 14
días, entre reuniones y mítines en las principales ciudades donde pasó la
Caravana Nacional de Jornalero de San Quintín.
–Oye, sube tu maleta en el camión, más tarde nos
acomodamos, porque hay dos, uno se regresa a San Quintín –me dijo Lorenzo.
El domador del Dinosaurio, Melesio Vidales Evaristo, a
sus 50 años de edad ha recorrido todo el país y conoce muy bien los surcos de
San Quintín. Salió de Puebla hace 30 años, pero que de San Quintín migró a los
Estados Unidos.
–Buenos días –saludó Melesio con una sonrisa antes de
ceder el paso a los jornaleros.
Ese saludo se repitió muchas veces durante el recorrido
de la caravana en los estados: Baja California, Sonora, Sinaloa, Nayarit,
Jalisco, Michoacán, Guanajuato, Querétaro, Estado de México y Ciudad de México.
Los ojos de Melesio brillaban cuando oía las consignas de
las organizaciones sociales que recibían la caravana con gritos de «¡Aquí y
allá, los jornaleros vencerán»!
Hubo días en que los jornaleros recibieron ayuda de todo
tipo: colchonetas, cobijas, chamarras, suéteres, ropas y calcetines, además de
comida, tortas, tacos, burritos, refrescos y agua. Comieron lo que podía
descomponerse rápido, y lo demás lo guardaron para el camino.
Después de mitin en la garita de El Chaparral inició la
travesía en el Dinosaurio, modelo 2002. Así se les abrió la puerta al mundo a
los cuatro adolescentes que se montaron en el camión para decirle a la clase
política que no los olviden.
La Caravana estuvo acompañada por organizaciones
sociales, telefonistas del Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana
(STRM), maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación
(CNTE), campesinos de la Central Campesina Cardenista (CCC); de la Coordinadora
Nacional Plan de Ayala (CNPA) y maestros cesados por la reforma educativa.
***
El sereno aún goteaba en los cactus cuando el Dinosaurio
se detuvo en el corazón del desierto de Sonora. En los asientos, los campesinos
aún somnolientos estiraron los huesos que se les entumieron por ir sentados de
cuclillas. En el transporte de los pobres es difícil estirar la espalda.
–¿Ahora qué le pasó? –le pregunto a Alfredo, quien estira
los brazos antes de contestar.
–Creo que se le rompió la banda –respondió.
Entre chascarrillos y bostezos los jornaleros y las
jornaleras abrieron paso para bajar del camión. Esa sería la primera lucha
contra el olvido que Avelina Ramírez López experimentara en el desierto. Ni
siquiera le dolió cuando la despidieron por haber pedido permiso para acompañar
a la caravana a la ciudad de México.
–No hay de otra: iré a comprar la banda en Caborca
–consuela Melesio.
La respuesta de los obreros agrícola fue sacar sus
banderines y entre seis pararon un autobús que viene de Mexicali a Caborca. Ahí
se subió el domador del Dinosaurio, para ir a comprar la pieza que se dañó.
Ya más calmada, Avelina contó cómo se incorporó al
sindicato de jornaleros, donde ahora es secretaria de Equidad de Género. Apenas
con primaria concluida y sin experiencia, pasó de ser una mujer de cocina a una
mujer de acción. Ahora grita fuerte en los mítines para denunciar el acoso en
contra de las mujeres en los surcos.
–Yo digo que no debemos de bajar la guardia, porque si lo
hacemos gana ellos –advierte.
Mientras platico con Avelina frente a unos arbustos que
se niegan a crecer sobre la arena que el viento acostumbra acarrear de noche
cuando pasan los ventarrones, del camión desciende Felipa con un cerro de
totopos (tortillas deshidratadas) y los reparte; del otro lado, una muchacha
hace lo mismo con las tortas que lleva en una caja de cartón.
–Trabajé como máquina –dice Avelina–, sin la noción del
tiempo, ni saber que estaba haciendo en las cosas, a pesar que el mayordomo me
enseñó cómo cortar las fresas: se toma con cuidado en una mano y con la yema
del dedo se empuja la patita que lo une a la planta, luego se deposita con
cuidado en la cubetita. Eso lo aprendí a hacer, pero ¿qué fresa debía cortar?
¿Cómo saber cuándo están maduras o ya se pasaron? El mayordomo a cargo me pidió
cortar todos los rojos, naranjas y pintos, aunque sólo tuvieran un poco de
tímido color, porque «estaba caro y el patrón quería cosechar mucho».
Después del almuerzo, cada quien tomó por su lado. Unos
se internaron entre los cactus en busca de un espacio para defecar; los demás
bajaron sus colchonetas y cobijas para echar unas siestecita, mientras esperan
que Melesio regrese con la banda nueva.
Del camión salió una mujer con una lata de chiles en la
mano. Mientras que en la plática de las mujeres, se repiten preguntas
quisquillosas, otra vez a narrar la vida que no se olvida nunca.
Ya casi daban las 10:00 de la mañana cuando llegó Melesio
en una camioneta, acompañado de dos hombres. No dijo nada, ni los otros lo
hicieron. Él ni se fijó si los demás comieron. Abrió el cofre del camión y
Bonifacio se subió sobre la llanta y desde ahí alumbró con su lámpara. Él le
dio instrucciones a otro señor para que moviera la banda, pero no quedó.
Así que regresó de nuevo a buscar la pieza, ahora ya no
hubo necesidad de parar otro autobús, los activistas del Movimiento de
Unificación de la Lucha Triqui (MULT) lo llevaron en la camioneta que prestaron
para hacer la talacha.
Bonifacio Martínez vino de San Juan Copala, Oaxaca, a San
Quintín hace 35 años porque en su pueblo triqui no hay de otra que vivir en la
miseria. Su paso en los surcos lo inició en Sinaloa y de ahí a San Quintín,
donde fundó la Alianza Nacional Estatal Municipal por la Justicia Social al
lado de Fidel Sánchez.
Casi a mediodía, regresaron de nuevo Melesio y Bonifacio
con la banda; la instalaron, pero la batería se descargó así que de nuevo a
sacar banderas y mantas para bloquear la carretera. Diez minutos después, la
estrategia surte efecto. Un trailero detuvo su camión para pasar la carga.
«Ese apoyo sí se ve... ese apoyo sí se ve», se escuchó en
la garganta del Dinosaurio. En cuestión de minutos Melesio reanudó el viaje.
***
Formados en dos líneas frente una cocina que exhala humo
hacia el espacio en forma de espiral, los obreros agrícolas integrantes de la
Caravana Nacional de Jornaleros de San Quintín, reciben las primeras palabras
de las mujeres que salieron a darles la bienvenida en Loma de Bacum, municipio
de Cajeme, Sonora.
–Muchas gracias por visitarnos, por conocer nuestro
pueblo que vive el embate de gobierno porque no queremos entregarles nuestro
río –dijo una mujer que formó la comisión de bienvenida.
Esta región luce abandonada por el Estado mexicano: las
calles son de tierra y no tienen drenaje; la pobreza se ve en la ropa de los
niños y ancianos, cada tramo en el rincón de Loma de Bacum, se asoma a
persecución y la represión en contra la tribu yaqui.
«Aquí nos quieren exterminar porque no dejamos que nos
quiten lo poco que nos queda: el agua. Ya es mucha la afrenta y no vemos cuando
va terminar, y no van a parar hasta que no nos exterminen», dice el vocero del
gobernador yaqui, Martín Valencia.
El vocero del gobernador Faustino Maldonado Molina
agregó: «Les ofrecemos una disculpa de corazón que no les demos la bienvenida
protocolaria yaqui; es que estamos en cuarentena de cuaresma, por eso no
podemos recibirlos en nuestro centro ceremonial. Pero acá en esta casa vamos a
comer todos, porque es un aliciente para nosotros que ustedes vengan a
contarnos de su lucha en los campos agrícolas».
Después de la comida nos llevaron al Centro de Desarrollo
Comunitario Yaqui a pernoctar. Mientras los jornaleros juegan una cascarita de
futbol, las jornaleras, maestras cesadas por la reforma educativa y mujeres
yaquis se reunieron para intercambiar experiencia de lucha.
La profesora Luz del Carmen Encinas Gastelum dijo que en
el país hay alrededor de tres mil 700 maestros cesados, mientras que en Sonora
el gobierno federal cesó a 59 maestros, 29 son maestras desde el 15 de abril de
2016.
«Nada tenemos que celebrar, nada que festejar; las
mujeres jornaleras seguimos en los surcos, trabajamos más, pero no se reconoce
lo que hacemos, a pesar que hemos alzado la voz en foros nacionales e
internacionales», reclamó Avelina Ramírez.
El jueves 9 de marzo, los jornaleros se levantaron a las
5:00 de la mañana, como lo hacen siempre, para doblar sus cobijas y
colchonetas. Los que alcanzan a bañarse lo hacen, y los que no despiertan a
tiempo tienen que viajar oliendo a sudor y a pies.
Antes de llegar a Loma de Bacum, la caravana se reunió
con organizaciones sociales, campesinos, indígenas de la tribu yaqui, en los
municipios de Guaymas y Cajeme, Sonora. En Vicam, municipio de Guaymas, Sonora,
el gobernador tradicional de la tribu yaqui de Vicam prometió a la Caravana
Nacional de Jornaleros de San Quintín que en su administración contribuirá para
mejorar las condiciones laborales de los jornaleros que emigran de Guerrero,
Oaxaca, Veracruz y Puebla a trabajar en el Valle de Guaymas.
«Somos los mismos; hablamos distintas lenguas, usamos
distinta ropa, comemos otra hierba y grano, pero lo más importantes es que
somos hermanos y luchamos por lo mismo, el respeto a los derechos humanos y el
respeto a los derechos de los pueblos indígenas», dijo el gobernador yaqui, la
tribu indomable.
De ahí, los jornaleros enfilaron hacia Ciudad Obregón,
municipio de Cajeme, al encuentro con organizaciones sociales y maestros de la
CNTE. Allí, los recolectores de basura contaron a los de la caravana que fueron
despedidos cuando el ayuntamiento de extracción priista decidió concesionar la
limpieza e imagen urbana a una empresa privada dejando a 120 trabajadores sin
empleo.
«Los tirabichis (recolectores de basura) vamos a luchar
hasta las últimas consecuencias, porque es nuestro derecho. Ya basta de que en
este país se abuse en contra de los pobres, de los desempleados. Esta lucha es
la misma demanda de los compañeros jornaleros, de los que van en la caravana
nacional a la ciudad de México. Lo único que queremos es que nos devuelvan
nuestro trabajo», reclama José Miguel Iribe.
–Nos vamos, pero volveremos a este pueblo indomable –se
despidió Lorenzo de los yaquis, antes de partir a Sinaloa…

